martes, 7 de septiembre de 2021

76. El "Titanic" del Mediterráneo

 


Seis años antes del naufragio de Titanic en aguas de Terranova hubo otra tragedia marítima, esta vez en las costas españolas: el hundimiento del vapor italiano Sirio. Ambos acontecimientos  tuvieron similitudes y diferencias.

A principios del siglo XX, estando sumida Europa en una larga y profunda crisis:  (pérdidas coloniales, conflictos sociales derivados de la reforma agraria, duro proteccionismo económico, desacuerdo entre el sistema político y las demandas de la población). El proletariado urbano sufre un fuerte crecimiento. El progresivo abandono de la miseria campesina hace que hombres, mujeres y niños vivan ahora hacinados en los centros de las ciudades, sometidos a una legislación laboral que les priva de todo derecho. Todos los miembros de la familia trabajan de lunes a domingo, pero aún así apenas consiguen el mínimo alimento diario. Al mismo tiempo, países como Brasil. Uruguay y Argentina demandaban mano de obra. La huida de esa vida tan calamitosa y el aliciente de una nueva vida en un nuevo continente, mueven a un número muy importante de personas a abandonar sus recuerdos para embarcarse, apiñados sobre montones de paja podrida por la humedad, en semanas de travesía para llegar a América. Venden sus pocas tierras, su ganado, y junto con los pequeños ahorros de toda su vida, invierten todo ello en comprar pasajes de tercera clase para toda la familia en los barcos que les podían llevar a aquella América soñada.

En ese contexto, algunas empresas navieras vieron un buen negocio, al menos mientras durara aquel flujo de personas. La naviera Navigazione Generale Italiana encargó al astillero escocés de Robert Napier and Sons (Glasgow) la construcción de un vapor de 115 metros de eslora y 4.141 toneladas que con su maquinaria conseguía mayor velocidad que los barcos de su época (unos 15 nudos) gracias a su motor de vapor de tres cilindros montados sobre un solo eje. El vapor Sirio tenía su base en Génova y hacía constantes viajes a América, con escalas en Barcelona. Tenía una moderna maquinaria y detalles de lujo que atraían también  a un pasaje en condiciones de pagar cantidades más elevadas cuando viajaban por negocios o por placer.

El Sirio fue botado el 26 de marzo de 1.883, salió de Glasgow hacia Génova el 19 de junio de ese año. Desde Génova el 15 de julio de 1.884 salió para el primero de sus 135 viajes trasatlánticos regulares. A los 25 años de su construcción, en 1.908, el barco fue sometido a una profunda reforma. Se instaló luz eléctrica, se reformaron los motores aumentando la velocidad (la duración del viaje se redujo a  unos 15-20 días) y el casco se pintó de negro, lo que le dio mayor prestancia y belleza. Cuando salió de Génova el 2 de agosto de 1.906 con destino  Brasil, Uruguay y Argentina, haciendo escalas en Barcelona, Cádiz, Canarias y Cabo Verde para recoger más pasaje era, sin duda, la mejor opción para cruzar el Atlántico.

En ese año de 1906 España atravesaba esa grave crisis política, económica y social, tras la pérdida de sus últimas colonias de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas) en la guerra de 1898 contra Estados Unidos. España vivía los inicios del reinado de Alfonso XIII durante el régimen de la Restauración, basado en el turno de partidos (conservador y liberal).

"...la emigración es un sueño, un delirio, una fiebre que la medicina puede estudiar. Sus síntomas son ver en sueños un país dotado por el sol, rico en una vegetación virgen y enmarañada, donde se cuenta por miles de duros y se gana una fortuna en el tiempo en que aquí se gana, cuando se gana, una peseta. La patria aparece a sus ojos como la amante desdeñada...", señalaba el diario “El Imparcial” el 27 de junio de 1881.

En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX se estima que más de veintidós millones de europeos emigraron al continente americano. Como consecuencia de esta masiva emigración, fueron amasadas grandes fortunas por parte de los consignatarios marítimos en su intermediación entre el emigrante y las navieras transportistas.

Durante la Primera Guerra Mundial se acabaron estas masivas corrientes migratorias, y muchos de los barcos trasatlánticos que las facilitaron fueron hundidos o desguazados.

A finales de los años veinte las naciones comenzaron a poner freno a la libertad de emigración, promulgando leyes para su regulación.

El 2 de agosto de 1.906 el vapor Sirio salió de Génova, llegando a Barcelona al día siguiente sin problemas, para recoger más pasaje. De allí salió directamente hacia Cádiz, al menos en teoría. El capitán era Giuseppe Picone, experto marino de 68 años, que se conocía el Mediterráneo como la palma de su mano, y había decidido que ese sería su último viaje trasatlántico. Desde Barcelona debía seguir directamente hasta Cádiz, pero fondeó frente a Alcira, y tenía previsto detenerse también en algunas playas cerca de Águilas, Almería y Málaga. En aquel tiempo era corriente que estos barcos hicieran escalas clandestinas, recogiendo a más gente, que pagaba pequeñas cantidades de dinero (los que embarcaron en Alcira, por ejemplo, se sabe que pagaron 100 pesetas). Con la connivencia de autoridades del puerto, capitán y oficialidad (todos se beneficiaban del soborno) desertores, prófugos de la justicia y gente que quería "desaparecer discretamente" sin figurar en ninguna lista de pasajeros eran acercados al barco por botes de remos, contribuyendo al hacinamiento de las bodegas, donde  se amontonaban los pasajeros de tercera clase, sobornando también al personal de las cocinas por un bocado y a la marinería para que les proporcionase un saco de paja donde dormir. Por eso  es imposible saber cuántas personas se encontraban en el barco al acercarse al Cabo de Palos.

El 4 de agosto, el barco pasó frente a las costas del cabo de Palos. En este punto de la costa, el promontorio del cabo se sumerge en el agua y continúa linealmente hasta resurgir en las islas Hormigas. La profundidad del agua en toda esta línea puede llegar a ser muy escasa, llegando en algunas zonas, denominadas bajos, que aparecían en todas las cartas náuticas de la época a sólo unos tres o cuatro metros. Todas las rutas marítimas de la época bordeaban las islas para evitar el peligro de estos bajos, a causa de los cuales ya se habían producido otros naufragios, como el del Nord-America (1883) y el del Minerva (1899). El capitán, inexplicablemente, en lugar de rodear las islas Hormigas, se metió entre las rocas y la costa. No solo eso, sino que se fue a echar la siesta a su camarote aunque en el puente no estaba ni el primer oficial (Augusto de Amezaga) ni el segundo oficial (Padobagli, que fue el único que se quedó hasta el final). , dejando el timón al tercer oficial, Cayetano Tarantino, Se dice que este advirtió al capitán de la peligrosidad del rumbo que llevaban, aunque no le hizo caso. Por eso surgió la teoría de que por allí tenía previsto recoger más pasajeros ilegales.

A las 16:00 horas el barco sufrió un fuerte impacto al chocar con el "bajo de fuera" y quedó varado sobre el mismo, con la proa elevada y escorándose a estribor. Como consecuencia de la colisión, se hundieron los compartimentos de popa y se produjo la explosión de las calderas. El barco se partió en dos, longitudinalmente, de proa a popa. Era un día de agosto de mucho calor, después de la comida, de forma que la mayoría de la gente de las bodegas estaba en cubierta, donde se habían tendido unos toldos para darles un poco de sombra. Con el impacto, los toldos, que resultaron ser una trampa mortal, cayeron sobre la gente que, a ciegas, asustados por el gran ruido de la chapa de la quilla partiéndose, la explosión de las calderas y el agua entrando a borbotones, entró en pánico.

El bajo de Fuera o, como también se le llamó después, "roca del Vapor" (por ser donde encalló y se hundió el vapor Sirio), es un pináculo rocoso submarino de 200 metros de largo en dirección ENE al WSW, que asciende en fuerte pendiente desde los 70 metros de profundidad hasta solo 3,60 metros bajo la superficie del mar. Está situado en el grupo de islas conocidas como Las Hormigas, alineadas con el eje de la cordillera litoral, compuesto por dos islotes (La Hormiga y El Hormigón) y varios peñascos sumergidos (bajo de Fuera, bajo de Dentro, bajo del Mosquito y La Losa). El bajo de Fuera se encuentra a 1.405 metros de distancia con rumbo 055º del faro de las islas Hormigas y a 2,97 millas de la costa del pueblo de Cabo de Palos.

Primero fue un golpe seco que levantó la proa del buque y la hizo salir del agua. Luego fue un gran chirrido, un ruido ensordecedor ocasionado por las planchas del fondo que se abrían y retorcían contra la superficie de la piedra del bajo de Fuera. En la sala de máquinas y cuartos de calderas el personal de guardia no tuvo la menor opción de salvarse. Murieron aplastados por las planchas del fondo que se abrían a sus pies y la tromba de agua que entraba a toda velocidad. Durante unos segundos el Sirio quedó completamente frenado, inmóvil en un equilibrio inestable sobre las aristas de la piedra en la que había embarrancado. La mayor parte de los pasajeros cayó al suelo debido a la colisión. Algunos gritos de sorpresa, al principio, rompieron el silencio que siguió al brutal choque. Se oía crujir la estructura del buque. De algún lugar en las entrañas del Sirio brotaban chorros de vapor de agua que afloraban por varias grietas aparecidas en las cubiertas de popa. Y entonces sobrevino la explosión. Las calderas del trasatlántico italiano estallaron destrozando las cubiertas de pasaje sobre ellas ubicadas y sembrando la muerte entre los emigrantes. El agua comenzó a inundar el buque por dos zonas: en la popa, por la cubierta, y en la zona de proa, por las vías de agua producidas en la rotura del casco. En escasos cuatro minutos, un tercio del buque quedó completamente sumergido en las aguas por su popa y escorado a estribor unos 35º

El capitán del barco y los miembros de la tripulación fueron de los primeros en embarcarse en un bote salvavidas, abandonando a los pasajeros a su suerte. Los que llevaban uniforme se lo quitaron para pasar desapercibidos entre la masa de pasajeros que intentaba salvarse. La popa del barco se fue al fondo inmediatamente, la proa quedó fuera del agua, apuntando al cielo, formando un ángulo de unos 45 grados. Así permaneció 16 días, clavada en la roca,  hasta que un fuerte temporal de levante también la hundió. Los botes salvavidas de estribor estaba bajo el agua y los de babor colgaban de sus pescantes  sobre la cubierta del barco, por lo que resultaban inútiles.

 Una masa de gente, en pánico, sin que nadie los organizara luchaba por un salvavidas o un bote. Salieron las armas a relucir y se atacaban unos a otros por lo que pensaban que les ayudaría a salvarse. El barco se encontraba a muy poca distancia de un pueblecito marinero, por lo que desde el faro, el mismo pueblo y varios barcos cercanos vieron lo que ocurría, pero no se acercaban porque pensaban, al igual que los pasajeros, que el barco se hundiría de inmediato y los arrastraría al fondo.

El rescate: Héroes y villanos

 

Agustín Antolino
En la cercana localidad pesquera de Cabo de Palos, donde numerosas personas (entre ellas el exministro murciano Juan de la Cierva y Peñafiel) que se encontraban pasando unos días de descanso en la playa de levante, fueron testigos del naufragio y dieron inmediatamente la voz de alarma. Al momento varios pescadores partieron en sus laúdes (embarcaciones pequeñas con un palo y vela latina) rumbo al bajo de Fuera para auxiliar a las víctimas. Los laúdes de Cabo de Palos que participaron en el salvamento fueron: Vicente Lacomba, su patrón era Agustín Antolino (salvó a 132 náufragos); Cristo, patroneado por José Salas Martínez, alias "Tío Potro" que se encontraba pescando en las inmediaciones de las Hormigas y fue el primero en llegar y prestar auxilios (salvó a 65 náufragos que intentaban flotar sobre las aguas, en tres viajes); Joven Vicente, su patrón era Bautista Buigues (salvó a 14 náufragos, con gran exposición); Faustino, patroneado por Ramón Parodis (50 náufragos); Francisca, con José Ruso Manzanares de patrón (8 náufragos); el bote de pesca Nuestra Señora de los Ángeles, su patrón era Pedro Llorca Zaragoza (recogió de la Hormiga a 13 náufragos); San José, patroneado por Juan Valero Martínez (recogió de la Hormiga a 15 náufragos); y Pepe y Hermanos, con Manuel Puga Romero de patrón (39 náufragos).

Pero la mayor acción heroica de la trágica jornada fue protagonizada por el paquebote (goleta pequeña) Joven Miguel, que era español y estaba comandado por el patrón Vicente Buigues Ferrando, quien dirigió su embarcación hacia el Sirio, a pesar de la oposición de parte de su tripulación a acercarse por el riesgo de explosión de sus calderas. A punta de pistola obligó a la tripulación a acudir al rescate Conforme avanzaba hacia el Sirio, ordenó largar cabos para que se agarraran a ellos todos los que luchaban en el agua por salvarse. La primera operación de Buigues, muy arriesgada fue empotrar el bauprés de su proa entre la borda de babor y el puente de mando del Sirio, operación de verdadero riesgo por el peligro que conllevaba de que el hundimiento definitivo del Sirio se llevara al fondo a su paquebote y tripulación. Amarró su embarcación a la proa del Sirio y, una vez lograda cierta estabilidad, con tablas y cabos hizo una pasarela segura entre el Sirio y la cubierta del Joven Miguel para ir pasando personas a su barco. El laúd Vicente Lacomba se acercó al Joven Miguel y se amarró a su popa para ayudarle, así Vicente Buigues pudo pasar unos cien náufragos al laúd y evitar que se fuera a pique su paquebote. Entonces el laúd soltó el cabo que le unía al paquebote y se dirigió a Cabo de Palos. Entre los náufragos a bordo del laúd precisamente estaban el capitán y el primer oficial.

Vicente Buigués
Cuando Vicente Buigués se aseguró que ya no quedaba ni una sola persona viva a bordo del Sirio, fue cuando se separó de este. Así, el Joven Miguel logró la salvación de aproximadamente 400 personas, que viajaron hacinadas entre la bodega y la cubierta hasta su desembarco en el puerto de Cartagena.

Dignos de mención son también el farero de las islas Hormigas, José Acosta Morales, y su ayudante, Manuel Jiménez Ruiz, quienes auxiliaron a más de cien personas que desembarcaron o llegaron a nado hasta el pequeño islote donde se asienta el faro.


Una vez informado el ministro de Marina, Juan Alvarado, por el capitán general del Departamento Marítimo de Cartagena, Ramón Luis de Auñón y Villalón, VII marqués de Pilares, de las acciones llevadas a cabo por los patrones Vicente Buigues y Agustín Antolino, el gobierno español decidió conceder la cruz del Mérito Naval, con distintivo rojo, de Su Majestad el Rey a los citados marineros.

Juan de la Cierva y Peñafiel, ex ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, elogió el comportamiento heroico de los habitantes de Cabo de Palos con los náufragos del vapor Sirio. "Estos hombres rudos, ancianos, algunos octogenarios, tienen el corazón muy grande, hecho para el mar. Y sin que nadie los estimularan armaron sus frágiles barcos y a volar, apoyándose en los remos. Era el viento contrario y dificultaba el avance, pero con él lucharon... A salvarles marcharon los hombres y mujeres, la colonia entera, pronta a cumplir sencillamente nuestros deberes".

Algunas víctimas del naufragio llegadas a
Cabo de Palos en los días siguientes
Ya se ha señalado que fueron cientos los que perecieron en el naufragio, sin poder precisar la cantidad exacta. Los cadáveres estuvieron apareciendo en la costa durante semanas, tanto en lugares muy distantes como en las inmediaciones del naufragio.

A raíz de la tragedia y debido al gran número de desaparecidos que perecieron ahogados en la zona, los habitantes de Cabo de Palos prescindieron de adquirir pescado durante semanas por temor a posibles problemas de salud, hasta que el gobierno de Cartagena aseguró que no había ningún peligro por consumir pescado fresco. Una triste recompensa al heroico comportamiento de los pescadores de la zona.

La ciudad de Cartagena acogió a los supervivientes durante varios días, hasta que se les pudo reubicar en distintos barcos, dependiendo de su destino. El trasatlántico Italia partió el 13 de agosto con 310 de los náufragos del Sirio hacia Buenos Aires, mientras que el Ravena llevó a 50 pasajeros hacia Brasil. Quienes quisieron volver a Génova lo hicieron a bordo del Orione, y los náufragos catalanes volvieron a Barcelona en el vapor Diana. Los enfermos, por su parte, quedaron atendidos en los centros de salud de la ciudad hasta que mejorase su estado de salud. Finalmente, la tripulación permaneció a bordo del Adria, atracado en el puerto de Cartagena.


Placa conmemorativa en
el faro de Cabo de Palos
Pese al tiempo transcurrido, Cabo de Palos no ha olvidado la tragedia, cuyo recuerdo aún permanece con viveza en la mente de ese pueblo. Fueron los marineros los que encabezaron las tareas de rescate y la noticia se ha transmitido de abuelos a nietos.














El vapor de carga francés Marie Louise, comandado por el capitán Colomer, se encontraba cerca de las islas Hormigas en el momento de la catástrofe, siendo el testigo más directo del naufragio y el primer barco en acercarse al Sirio tras la tragedia. El buque salvó la vida de 29 náufragos y, a continuación, viró su rumbo hacia Alicante. Este barco había partido del puerto de Cartagena en dirección a Alicante y cubría la ruta entre Orán (Argelia) y Marsella (Francia). Muchos pasajeros del Sirio se habían arrojado al mar al ver que el Marie Louise iba en dirección hacia ellos, con la esperanza de ser los primeros socorridos. Pero entonces, inexplicablemente, el buque viró y se apartó de la zona de la catástrofe, donde los náufragos luchaban desesperadamente con el mar para evitar la muerte. El Marie Louise pasó de largo cerca de ellos desentendiéndose de su desgracia. Sin duda, el Marie Louise hubiera podido evitar él solo la mayoría de las muertes, dado que con toda seguridad disponía de más elementos para prestar socorro que cualquiera de los otros barcos que acudieron al auxilio.

El buque mercante francés Poitien negó la ayuda a los náufragos del Sirio por miedo a varar su nave al aproximarse. El vapor italiano Umbría atravesó la zona poco después de la tragedia. Su capitán Barabino manifestó que, ajeno al naufragio, vio un vapor con buena parte de su popa hundida dos brazas por debajo del mar y destacó inmediatamente botes para que reconocieran la situación. Habiendo procedido de esta forma y una vez informado Barabino, los tripulantes volvieron al Sirio y penetrando en su interior, hallaron anegada la popa hasta el cuarto de máquinas y libre el resto del buque. Una vez producido el encalle, la carga debió desacomodarse precipitándose sobre ese extremo. No encontraron a nadie vivo, aunque les pareció ver algún cadáver flotando en la parte anegada.

El hundimiento

El día 10 de agosto se publica en prensa que comunican desde Cabo de Palos que el Sirio va escorándose y hundiéndose poco a poco en las profundidades del mar. Su salvación se hace imposible y se cree que se sumerja por completo de un momento a otro, detallándose que ya se había hundido unos cuatro metros más desde el día de la catástrofe.

Se acercaba el final del Sirio. A las 10 de la mañana según algunos periódicos -10:30 según otros- del día 13 de agosto, el buque terminaba de partirse en dos mitades con horrible estruendo y dos tercios hacia la popa del buque se hunde, sobresaliendo de la superficie, muy escorada a estribor, solo la proa. De los tres palos que antes se veían pasó a divisarse solo uno. La zona de proa no se hundió por encontrarse empotrada en la aguja del bajo de Fuera. Al producirse la partición del buque y el hundimiento de su popa, comenzaron a salir decenas de cadáveres encerrados en las zonas sumergidas de la nave, muchos de los cuales fueron rápidamente arrastrados por la corriente hacia las costas. A continuación, el fétido y penetrante olor se extendió por la zona e hizo imposible la permanencia en los alrededores.

Durante unos días más los restos del Sirio serían visibles, hasta que finalmente a las 5 de la tarde del 19 de agosto la proa,  y produciendo también un gran estruendo, se hundió por un fuerte temporal de levante a mayor profundidad incluso que la popa.

La investigación y el misterio de la caja

 

Giuseppe Piccone
Aunque el capitán Piccone atribuyó a otros como posibles motivos del naufragio, la comisión italiana de investigación sobre el naufragio del Sirio, creada por el gobierno italiano, fue concluyente al exponer que el vapor Sirio se dedicaba al embarque clandestino de emigrantes españoles a lo largo de la costa. Ello explica que el Sirio se aproximara temerariamente a las playas, a pesar de su importante calado, -ya fuese para intentar recuperar el tiempo y el combustible perdidos en las recogidas clandestinas, ya fuese para un nuevo embarque de inmigrantes- y encallara en los bajos de las Hormigas. Además, y como antes se dijo, los bajos de las Hormigas estaban perfectamente reflejados en las cartas de navegación de aquella época. Es decir, de absoluta imprudencia temeraria fue la actitud adoptada por parte del capitán.

Por otro lado, y teniendo en cuenta que los restos del barco permanecieron varados durante 15 días, si el capitán y la tripulación hubieran permanecido a bordo y organizado la evacuación del pasaje, y dicho pasaje no hubiera sido presa del pánico, la mayor parte de este podría haber sido rescatado con vida.

En sus declaraciones a la prensa italiana, el capitán de la Compañía General de Navegación de Génova negó las acusaciones de abandono del barco. Piccone señaló que toda la tripulación cumplió perfectamente con su deber y que él había sido el último en abandonar el barco junto a los oficiales Amezaga y Tarantino y el marinero Vizziga, cuando era ya noche cerrada.

La versión del capitán Piccone se contradecía por completo con las informaciones recogidas por la prensa española en el momento del naufragio, en las que se cuenta que Piccone fue uno de los primeros en abandonar el Sirio, marchando en un bote salvavidas, que momentos después se encontraba en Cabo de Palos observando tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos, y que horas más tarde dormía plácidamente en la pensión La Piña, sita en la calle San Cristóbal la Larga de Cartagena. Los pasajeros supervivientes confirmaron estos hechos y reiteraron que habían quedado desde el principio abandonados a su suerte. Los miembros de la tripulación, por su parte, reconocieron que Piccone fue advertido en reiteradas ocasiones tanto por sus oficiales como por los de otros barcos del peligro que suponía su temeraria navegación. Todos estos detalles quedaron suficientemente probados.

El capitán Piccone declaró lo siguiente al periódico “Il Secolo” de Milán a su regreso a Italia tras el naufragio: "Tomé todas las precauciones para seguir la ruta prevista y pasar a unas tres millas de distancia de la costa, pero a pesar de ello vino el naufragio, algo que de ningún modo podía yo prever. Tuvo que deberse a corrientes marítimas o a influencias magnéticas. Aquella parte de la costa es rica en minas de hierro que podían haber alterado la rosa de la brújula. En el momento del naufragio yo me encontraba junto a la brújula y el oficial Amezaga seguía la ruta indicada. No puedo suponer otra cosa."

Respecto a la naviera quedó demostrado que, aparte de las lamentables condiciones no solo en materia de seguridad, sino de dignidad en las que se instaló a los emigrantes en el Sirio, mintió en los carteles anunciadores de su viaje. En la Agencia Consignataria de Barcelona se anunciaba que el Sirio realizaría su viaje a Brasil en dieciséis días sin otra escala que la de San Vicente de Cabo Verde.

Algunos investigadores apuntaron a la desaparición del contenido de la caja fuerte para defender la teoría de un accidente provocado para ocultar el robo de la caja fuerte. Aunque esta causa no es del todo descartable, no hay ningún indicio firme que la sustente.

El 6 de octubre de 1906, desde el vapor Salvios varios buzos italianos y españoles se sumergen en busca de la caja fuerte. Incluso desciende con ellos el director técnico de la compañía de salvamento Sociedad de Rescates Ancora, Antonio Serra. Los trabajos son difíciles y de extrema peligrosidad, pero el contenido merece la pena. Tras varias inmersiones localizan la caja, que se encuentra intacta en el mismo lugar donde siempre estuvo en el barco. Las dificultades para su extracción son enormes, incluso se produce el fallecimiento de un buzo italiano en estas labores.

Finalmente es elevada a la cubierta del Salvios; ante dicho director, el abogado de la compañía, Leopoldo Dietzoch, toda la tripulación, así como la del laúd Purísima Concepción, su patrón Gabriel Bisquet y su propietario Emilio Torrado, se procedió a abrir la caja valiéndose de fuertes cinceles.

La caja no presentaba ninguna señal de violencia, estaba en perfecto estado, con sus dos cerraduras intactas. La tensión del momento se incrementa conforme los cinceles hacen durante una hora y media su trabajo y cuando por fin se logra abrirla, su interior está vacío.

Los rescatadores no salen de su asombro. La apertura de la caja ha causado gran sensación y la noticia es conocida por todo el mundo en poco tiempo. Nadie sabe nada. Las autoridades inician unas averiguaciones, pero sin éxito alguno.

Dónde está el contenido, quién abrió la caja conociendo y teniendo acceso a las llaves, cuándo se hizo y cómo pudieron desembarcar con todo ese material sin ser vistos, son preguntas que quedaron sin respuesta.

¿Fue quizás algo improvisado en el momento o responde todo a un propósito preconcebido, incluyendo un embarrancamiento premeditado? ¿Es posible que el plan de los ladrones incluyera su recogida por otra embarcación de las muchas que se acercaron en los primeros momentos al casco del Sirio, mientras otras se dedicaban a salvar náufragos?

Conclusiones: El afán por ganar tiempo y ahorrar carbón, el tráfico ilegal de pasajeros y la actitud temeraria e irresponsable de un capitán tuvieron como consecuencia la muerte de varios centenares de personas, la pérdida para los supervivientes de seres queridos,  pertenencias e ilusiones, y el hundimiento de un buque: el Sirio.



sábado, 4 de septiembre de 2021

75. Huellas del pasado

Reconstrucción del paisaje de Laetoli

Hace unos 3,6 millones de años, durante una erupción del volcán Sadiman (Tanzania) una capa de cenizas de unos 15 centímetros de espesor se depositó en el terreno en el lugar conocido hoy como Laetoli. Sobre las cenizas cayó una lluvia fina, y sobre esas cenizas humedecidas caminaron varios individuos homínidos y diferentes animales. Posteriores erupciones del mismo u otros volcanes de la zona depositaron más cenizas, que preservaron las huellas dejadas sobre la primera capa de ceniza. Hasta que, en 1.976 el equipo de  por Mary Leakey y Richard Hay encontró el rastro de huellas, de unos 27 metros de longitud.

En un principio se pensó que se trataba de dos individuos adultos, uno masculino y otro femenino. Aunque más tarde se llegó a la conclusión de que eran tres individuos, siendo el tercero un individuo infantil que había caminado sobre las huellas de otro, motivo por el que al principio se identificaron dos series de huellas, quedando las del tercero disimuladas entre las otras.

La importancia de estas huellas es que demuestran que esos homínidos caminaban erectos habitualmente. Su andar no es vacilante, lo que significa que era su forma habitual de desplazarse. Los pies no tienen el dedo gordo móvil y divergente como los simios, en cambio tienen un arco típico de los humanos modernos. También se concluyó que caminaban tranquilos, como paseando.

El estudio de estas huellas indican un bipedismo completo (semejante al del hombre moderno), apoyando primero el talón, luego el arco, y finalmente los dedos, haciendo fuerza en estos, especialmente en el dedo gordo para adelantar el cuerpo y separar el pie del suelo.

Las huellas fueron atribuidas al Australopithecus afarensis, del que se encontraron abundantes restos fósiles en el mismo estrato El Australopithecus afarensis  era un homínido extinto de la subtribu Hominina que vivió entre 3,9 y 3 millones de años atrás. Era de contextura delgada y grácil, y se cree que habitó solo en África del este (Etiopía, Tanzania y Kenia). La mayoría de la comunidad científica aceptó que puede ser uno de los ancestros del género Homo. Fue descubierto en 1974 por Donald Johanson, Yves Coppens y Tim White en el yacimiento de Hadar, valle del río Awash, Etiopía. Este descubrimiento destacó especialmente por ser el Australopithecus mejor conservado descubierto hasta aquella fecha. Así fue posible comprobar que la capacidad para caminar erguido, como los humanos actuales, fue muy anterior al crecimiento del cerebro. El estudio de su dentadura aclaró aspectos fundamentales sobre la evolución de los homínidos y descubrió la evolución simultánea de géneros, de manera que la línea Paranthropus, se apartó de otras y en particular de la que evolucionó hacia Homo. En años recientes se han descubierto muchos restos fósiles más antiguos que aquellos. En varias campañas de excavación, entre 2000 y 2005, se encontraron los restos de una niña Australopithecus afarensis de 3 años de edad y una antigüedad de 3,3 millones de años, procedentes del yacimiento de Dikika, cerca del río Awash en Raft Valley. Las primeras herramientas usadas por un ancestro humano datan de hace unos 2,5-2,6 millones de años, atribuyéndose su fabricación a Homo habilis. Sin embargo, una investigación​ llevada a cabo por un equipo internacional y multidisciplinar de investigadores concluyó que Australopithecus afarensis utilizaba piedras afiladas para extraer la carne de los huesos y obtener el tuétano de los mismos. De confirmarse esta tesis, aportaría importantes novedades en la investigación sobre los orígenes del ser humano, ya que supondría el consumo de carne, relacionado con el tamaño del cerebro, adelantando este, y asociado al uso de herramientas, 800.000 años antes de lo que se suponía.

En 2.015, un equipo de arqueólogos italianos y tanzanos descubrió catorce nuevas pisadas de nuestros ancestros más lejanos en el yacimiento de Laetoli, en Tanzania, a sólo 150 metros de las pisadas halladas en 1976, atribuidas al homínido Australopithecus afarensis y consideradas las más antiguas del mundo, de 3,6 millones de años de antigüedad. Las nuevas pisadas se encuentran en el mismo estrato de ceniza solidificada que las anteriores y muestran la misma orientación, por lo que debieron de pertenecer al mismo grupo de homínidos. Las huellas corresponden a dos individuos bípedos (S1 y S2) que se desplazaron en la misma dirección,.  Numerosas huellas de otros mamíferos, insectos y aves han sido halladas alrededor y también las marcas dejadas por las gotas de lluvia y granizo. 

Estos vestigios arqueológicos tan excepcionales aportan información sobre la biomecánica de la locomoción, sobre el tamaño corporal de los homínidos extintos, sobre su diversidad e incluso sobre sus estrategias reproductivas. Y las conclusiones son las siguientes: uno de los dos individuos, probablemente masculino, medía 1,65 metros de altura y pesaba unos 44,7 kilos; el otro individuo, probablemente femenino, medía 1,46 metros de altura y pesaba unos 39,5 kilos. El individuo masculino sería, por tanto, el Australopithecus afarensis más alto que se conoce, superando bastante a Lucy, el ejemplar más célebre de esta especie, que medía menos de 110 centímetros de altura. Las controvertidas conclusiones también sugieren un comportamiento social típico de los gorilas, es decir, un grupo de hembras conviviendo con un único macho



lunes, 30 de agosto de 2021

74. (Los caballeros las prefieren rubias) y los reyes las prefieren artistas

 O bailarinas. O cantantes. O un poco de todo. Porque durante mucho tiempo bastantes mujeres que se dedicaban al espectáculo no eran estrictamente profesionales del mismo, sino que utilizaban su presencia en teatros y salas de fiesta para ejercer la prostitución o entrar en contacto con hombres ricos que las tomaban como amantes.

María Calderón

María Calderón
En España conocemos la historia de María Calderón, la Calderona, que sí era una afamada actriz de teatro antes de convertirse en la amante más famosa del rey Felipe IV.

María nació en Madrid en 1611. Era hija de Juan Calderón, personaje que se encargaba de preparar todo lo preciso para la acogida de las diferentes compañías de cómicos que llegaban hasta la Corte, e incluso de facilitarles los préstamos con los que hacer frente a sus primeras necesidades, antes de la recaudación del dinero por su trabajo. La Calderona creció y se formó dentro de este mundo de la farándula, entre la variada gente que se dedicaba a las representaciones teatrales.

En 1627 se produjo el primer encuentro entre La Calderona y Felipe IV, en su debut teatral como primera actriz en el madrileño Corral de la Cruz, uno de los teatros populares más frecuentados por el monarca. El rey acudía en secreto a estas representaciones, quedando fascinado por la joven actriz. Él tenía veintidós años y llevaba casado siete. Ella solamente dieciséis, estaba casada y era amante de Ramiro Pérez de Guzmán, duque de Medina de las Torres. No era una magnífica belleza pero tenía un gran encanto personal, una hermosa cabellera rubia, una bonita voz, gracia y talento teatral.

Los amores entre Felipe IV y La Calderona llegaron a ser comidilla popular y la convirtieron en uno de los personajes más populares del Madrid de finales de aquellos años veinte. Su relación con el rey la obligó a abandonar los escenarios en pleno éxito. En la primavera de 1629, venía al mundo un niño, Juan José. En su acta parroquial de bautismo, quedó el niño registrado como “Juan, hijo de la tierra”, que era la apelación que se daba a los nacidos de padres desconocidos. A pesar de los deseos de María, el niño fue apartado de su lado y entregado para su crianza a una humilde familia de León, ciudad en la que pasó los primeros años de su vida hasta que el rey decidió su traslado a Ocaña. La Calderona nunca lo volvió a ver. Para entonces la pareja real había perdido varias hijas, muertas apenas nacidas, y Felipe debió pensar que aquel niño podía ser una salida de emergencia para el futuro de la dinastía, por lo que decidió darle una educación correspondiente a su origen.

Tras el nacimiento del niño todo parece indicar que la relación del rey con María se había enfriado. Felipe IV ordenó el ingreso de su favorita en un convento. La Calderona ingresó en el monasterio benedictino de Valfermoso de las Monjas, Guadalajara, llegando a ser abadesa. Murió en 1646.

Varios de los reyes que vinieron después (Carlos II, Felipe V, Carlos III, Carlos IV) no tomaron amantes (o al menos no de forma ostensible), de forma que para encontrar otro rey aficionado al espectáculo y a sus protagonistas nos vamos a Alfonso XII, una de cuyas amantes más conocidas fue Elena Sanz.

Elena Sanz

Elena Sanz
Elena Sanz nació en Castellón de la Plana en 1844. Era de buena familia, emparentada con el marqués de Cabra, aunque sin dinero. Se trasladan a Madrid y Elena ingresa en el colegio de las Niñas de Leganés. Allí aprendió canto a la vez que realiza sus primeras actuaciones en el coro de su iglesia. Su voz destacó enseguida en el coro, hasta el punto de llegar a oídos de la reina Isabel II, que se convirtió en su protectora.


Ingresa en el Real Conservatorio. Allí será discípula de Baltasar Saldoni, quien le proporcionará una audición con Enrico Tamberlick. Éste, reconociendo la calidad de la contralto, la recomienda para que vaya a París y en 1868 la inscribe como artista en el Teatro Chambery, representando ese mismo año el papel de Azucena en El trovador. Desde este momento, es reconocida en los grandes teatros del mundo. Será una asidua en la Scala de Milán, en donde compartirá cartel en muchas ocasiones con Julián Gayarre y cosechará sus mejores éxitos. Elena Sanz realizará giras por todo el mundo, Gayarre la solicita para su gira americana por Argentina y Brasil, y Adelina Patti para su gira en San Petersburgo frente a los zares y otras capitales centro europeas.

En 1.872 tuvo lugar su primer encuentro con el futuro Alfonso XII, cuando el joven príncipe era alumno del Colegio Theresianum de Viena. Una noche en París, después de una de sus actuaciones en la Ópera, Elena Sanz saludó a Isabel II. Al saber la reina que la cantante marchaba hacia Viena, le encargó que visitara de su parte a su hijo y le hiciera entrega de un regalo. Elena visitó al joven en el Theresianum. Éste era un adolescente de quince años que quedó extasiado ante la popular diva de la ópera, trece años mayor que él.

Elena Sanz se fue de gira por Sudamérica, de donde regresó madre de un varón de padre desconocido. Y Alfonso se casó con su prima Mercedes de Orleans. Después de la muerte de Mercedes, Alfonso volvió a encontrarse con Elena con motivo del estreno de la ópera La favorita. Cuando Elena subió al palco a cumplimentar al rey, renació la fascinación de éste. Alfonso XII se convirtió en su fiel seguidor.

Elena Sanz acabó sucumbiendo al amor del rey, abandonando los escenarios. Alfonso XII, loco de pasión, aprovechaba cualquier resquicio para ver a su amante. Al año siguiente, en 1879, Cánovas plantea al rey la urgencia de una nueva boda para dar un heredero. Alfonso XII accede a su pesar. «Me casaré si me buscan ustedes novia». La elegida fue la archiduquesa María Cristina de Austria, sobrina del emperador austriaco Francisco José, inteligente pero poco agraciada. Se casaron en Madrid en el mes de noviembre, mientras su romance con Elena Sanz seguía viento en popa y estaban esperando su primer hijo, el cual nacería dos meses después del segundo matrimonio del rey, y al que llamaron Alfonso.

Cuando María Cristina supo de la existencia de Elena convenció a Cánovas para que expulsara de España a la amante del rey. Por esta razón, Elena Sanz se traslada a París, donde inscribe al niño en el registro civil. María Cristina, que desde el principio había hecho esfuerzos para hacerse querer por su suegra, tuvo que ver cómo Isabel II, que admiraba profundamente a la amante de su hijo y había promocionado su carrera lírica, amadrinaba al nieto ilegítimo y se refería a Elena como “mi nuera ante Dios”.

La desaparición de la favorita, además, será sólo momentánea, pues Alfonso XII se encarga de hacerla regresar inmediatamente a Madrid y de instalarla en un piso cercano a palacio, donde habitualmente la visita. En febrero de 1881 nace el segundo hijo. Otro varón, Fernando, para desgracia de María Cristina, que dará a luz a dos niñas seguidas, las infantas María de las Mercedes y María Teresa.

Crónicas y comentarios múltiples de esa época coinciden por unanimidad en que Elena Sanz, al final, se cansa de la relación prohibida y de su papel de favorita real. El amor de la cantante por el rey se apagó, dando paso a una amistad. Elena se afincó en París con sus hijos, sobreviviendo con las 5.000 pesetas mensuales que le mandaba el rey.

Pero la felicidad de María Cristina es fugaz. Sabría, entre otras, de la aparición de una segunda cantante de ópera, Adela Borghi. Para finalizar este affaire, Cánovas ordenó al alcalde de Madrid que fuera él mismo a casa de Adela y la llevara a la fuerza a un tren para Francia.

A la muerte de Alfonso María Cristina se convirtió en regente y anuló la pensión que Elena Sanz percibía. Ésta contrató a un abogado para que defendiese legalmente sus intereses. Se trataba de Nicolás Salmerón, quien fuera primer presidente de la I República y persona de conocida integridad. Salmerón propuso a palacio un acuerdo económico a cambio de no hacer público el contenido de más de cien cartas de Alfonso a Elena, que no dejaba lugar a dudas sobre la paternidad de los niños. En el Acta de París, firmada en 1866, entregó a un representante de la Casa Real 110 documentos, en su mayoría cartas. A cambio se garantizó a sus hijos una cantidad de dinero, siendo entregado en el momento un tercio y con el resto se creó un fondo en un depósito de deuda exterior, que podían retirar en su mayoría de edad. De su custodia se encargó Prudencio Ibáñez, banquero de la familia real.

Elena Sanz murió en Francia en 1.898. Nada más producirse el fallecimiento, varios funcionarios de la embajada española se presentaron en su casa y se llevaron de allí una serie de objetos, joyas y documentos varios, entre ellos la partida de nacimiento del hijo pequeño nacido en Madrid. Cuando los dos hermanos reclamaron su fortuna al alcanzar su mayoría de edad, no había nada. El banco había quebrado. En 1907, Alfonso Sanz inició un pleito reclamando su filiación como hijo de Alfonso XII, pero lo perdió.

Alfonso XIII, el hijo póstumo de Alfonso XII y María Cristina, tuvo también muchas amantes, bastantes de las cuales eran actrices, cantantes o cupletistas. Dos de ellas sobresalen por diversos motivos: Carmen Ruiz Moragas, por haber tenido dos hijos del rey y por lo prolongado de su relación, y la Bella Otero, por su fama internacional.

Carmen Ruiz Moragas

Carmen Ruiz Moragas
Carmen Ruiz Moragas era una actriz mediocre, pero muy guapa. De clase media acomodada, su padre llegó a ser Gobernador Civil de Granada. Tuvo una relación bastante larga con Alfonso XIII, desde 1916 y durante toda la década del 20, aunque durante ese periodo el rey no dejó de tener muchas otras amantes. De su relación con el rey tuvo un hijo y una hija.

Sus padres la empujaron a casarse con el torero mejicano Rodolfo Gaona, pensando que el matrimonio la convertiría en una señora respetable, pero la boda resultó un desastre. Pronto surgieron los primeros roces porque, al ser muy conocida la relación de Carmen con el rey, Gaona no podía soportar los comentarios y cuchicheos por todos lados, aparte de que cuando hacía una mala faena los espectadores le gritaban cosas bastante desagradables. A los dos meses se divorciaron y Gaona volvió a Méjico. Carmen volvió inmediatamente con el rey. Sin embargo, no fue él su última pareja, pues en la década de los 30 estuvo con el periodista Juan Chabás, que fue su pareja hasta su muerte en junio de 1936.

La Bella Otero

La Bella Otero
La Bella Otero fue otra cosa. Hija de madre soltera que no se ocupó de ella, menos aún de su educación, a los diez años sufrió una agresión sexual, razón por la cual cuando aún no había cumplido los once años huyó de su casa y nunca regresó a Valga, en Galicia, su pueblo natal.  Después de fugarse de su pueblo, cambió su nombre de pila (Agustina) por el de Carolina. Se ignora qué hizo para sobrevivir, pero se sabe que a los trece años trabajaba en una compañía de cómicos ambulantes venidos de Portugal.

Aproximadamente a los diecisiete años abandonó a los portugueses y se dedicó a bailar en lugares de mala muerte. Seguramente ejerció la prostitución, posiblemente hasta la mendicidad. Había cumplido veinte años cuando conoció en Barcelona a un banquero que la quiso promocionar como bailarina en Francia. Con él viajó a Marsella y, cuando conoció el ambiente y se sintió segura abandonó al banquero. Poco tiempo después era una bailarina conocida en toda Francia, y había conseguido nombre propio: La Bella Otero. Aunque no era una bailarina profesional y su actuación era producto más del instinto que de la técnica, su baile (una mezcla de flamenco y danzas exóticas) la hizo célebre, casi tanto como su origen.

La Otero no dejaba de poner énfasis en su origen español, aunque mintió y ocultó parte de su pasado. Decía ser andaluza y gitana por aprovechar el gusto por lo exótico que existía en Francia. Cantaba bien y descolló como actriz, actividad para la que parecía tener cualidades de nacimiento. Claro que llegar a las tablas no le resulto ni fácil ni gratis. Su ascenso en el mundo artístico se realizó a base de convertirse en la amante de todo el que la pudiera impulsar. Pero como su objetivo era claro, terminó siendo amante de hombres influyentes, famosos y algunos muy poderosos entre los que se cuentan Leopoldo de Bélgica, el káiser Guillermo, el zar Nicolás II y Alberto de Mónaco. Para entonces ya había comenzado a amasar una inmensa fortuna. En 1890, cuando apenas tenía veintidós años, llegó a hacer una gira por todo el mundo y fue aplaudida en Nueva York, aclamada en Buenos Aires y agasajada en Rusia, donde se convirtió en amante de Nicolás II. Actuó durante muchos años en el Folies Bergères de París, donde llegó a ser la estrella principal. Se puede decir que fue la primera artista española de fama internacional, aunque ella nunca dejó la actividad de cortesana para aumentar sus ingresos. En la Belle Époque no era inusual que los poderosos pagaran sumas desorbitadas por gozar de los favores de esas cortesanas de lujo.

Llegó a reunir una fabulosa fortuna (unos 550 millones de dólares al cambio actual), que dilapidó en los casinos de Montecarlo y Niza. Se retiró de los escenarios en 1910, aún muy joven de edad, pero ya vieja para seguir conquistando corazones masculinos. Pasó sus últimos años en Niza hasta su muerte en 1965. Cuando murió estaba arruinada, sola y vivía de una pensión del casino de Montecarlo, que le habían cedido a manera de agradecimiento por los millones de francos que dejó en sus mesas de juego.

La Bella Otero conecta a Alfonso XIII con Eduardo VII de Inglaterra, lo que me lleva a los reyes ingleses.


Y volvemos a remontarnos al siglo XVII, donde empezamos, para hablar de dos amantes del rey Carlos II de Inglaterra.

Nell Gwyn

 

Nell Gwyn
Nell Gwyn fue una de las primeras actrices inglesas, que se benefició del permiso real para que las mujeres trabajaran en el teatro (los papeles femeninos venían siendo interpretados por hombres). Era una mujer de clase baja que probablemente ejerció la prostitución desde niña, alternando esta ocupación con la venta de naranjas y otras chucherías a los espectadores del Teatro Real de Drury Lane. Era analfabeta, lo que suponía un obstáculo para memorizar los papeles. Sin embargo, triunfó como actriz, sobre todo en comedia pero también en drama.

Su relación con el rey comenzó cuando ella tenía 18 años y varios amantes a sus espaldas. Dos años después tuvo su primer hijo con el rey, lo que no impidió que siguiera su carrera teatral, algo bastante insólito para una amante real que había tenido un hijo. En 1671 se trasladó a una casa propiedad de la corona donde vivió el resto de su vida y en ese mismo año tuvo su segundo hijo, que fue enviado a París a estudiar y murió en esa ciudad a los 10 años de edad.

En 1.685 murió el rey, y Nell en 1.687, varios meses después de sufrir dos ataques. Fue la más popular y querida de las amantes reales.

Moll Davis

   Simultáneamente a su relación con Nell, el rey tenía otras amantes, una de las cuales fue también actriz.

Moll Davis
Moll Davis, nacida alrededor de 1.648, fue amante del rey al mismo tiempo que Nell, desde 1667 en adelante. Forzosamente tuvo que existir rivalidad entre ellas, no sólo por el hecho de ser simultánemente amantes del rey, lo que era frecuente, sino sobre todo por dedicarse a la profesión de actriz, donde Moll no sobresalió como Nell.


Moll no fue nunca tan apreciada por la gente como Nell. Se la consideraba vulgar e inmoral. En 1669 tuvo una hija del rey y después de la muerte de éste se casó con un músico y compositor francés.

De los siguientes reyes de Inglaterra sólo me consta que tuvieran amantes actrices Jorge IV (María Robinson, que quiso vender las cartas del rey a los periódicos para vengarse cuando éste la dejó) y Guillermo IV (que tuvo una larga relación con la actriz irlandesa Dorothea Bland, con la que tuvo nada menos que diez hijos). Nada significativo si comparamos con la afición por las damas del espectáculo de otros reyes. Hasta llegar a Eduardo VII.

Eduardo VII fue un hombre excesivo en todo: el comer (cinco comidas al día de cinco platos), el fumar (unos diez cigarros y veinte cigarrillos diarios), las mujeres (se estima que tuvo relaciones con al menos tres mujeres a la semana durante unos cincuenta años)… En la larguísima lista de amantes fue capaz de concentrar más nombres de celebridades que ninguna otra persona de su época, además de mujeres desconocidas y aristócratas: Sarah Bernhardt, la Bella Otero, Lily Langtry, Cora Pearl o Luisa Weber.

Nellie Clifden

Nellie Clifden

 Empezó su recorrido con Nellie Clifden, una ¿actriz? (más prostituta que otra cosa) a la que conoció cuando estaba en Irlanda con la Guardia de Granaderos en 1860. La reina Victoria siempre consideró que el disgusto que se llevó su padre le aceleró la muerte, de lo que siempre le culpó. Pero Eduardo no escarmentó.

Sarah Berhardt

 Sarah Bernhardt era hija de una prostituta de lujo que no quiso seguir en el negocio de su madre. Ingresó en el Conservatorio de Arte Escénico de París y se convirtió en actriz de fama mundial.


Sarah Bernhardt
Su agitada vida sentimental incluye a personajes como Victor Hugo, Gustave Doré o a Gabriele D’Annunzio, además de Eduardo VII, entonces todavía príncipe de Gales.










De la Bella Otero ya hemos hablado anteriormente.

Lily Langtry

Retrato de Llly Langtry,
 obra de Millais

Lily Langtry fue una actriz británica cuyo verdadero nombre era Emilie Charlotte Le Breton. Casada con Edward Langtry en 1874, llegó a ser conocida como Jersey Lily por un retrato de Millais que tenía ese título. Causó sensación cuando se volvió una mujer de la clase alta dedicada a los escenarios, donde triunfó con obras de Oscar Wilde.

En 1.877 conoció al entonces príncipe de Gales en una cena, convirtiéndose en su amante semi-oficial. Llegó a ser presentada a la reina Victoria y mantuvo una relación cordial con la princesa Alexandra, esposa de su amante. Posteriormente se convirtió en amante del príncipe Louis de Battenberg.


Residió algún tiempo en Estados Unidos, donde se divorció de su marido y adquirió la nacionalidad norteamericana.

En 1899 se casó con Hugo de Bathe, mucho más joven que ella, y se retiraron a Mónaco, donde vivían en casas separadas, reuniéndose para asistir a actos sociales. Murió en Mónaco en 1.929, siendo muy rica.


Y para terminar con Eduardo VII, Luisa Weber, que era una bailarina estrella del Moulin Rouge.

Louise Weber

Louise Weber, fue una bailarina del cancán parisino, inmortalizada en un famoso cartel de Toulouse-Lautrec, apodada "La goulue" ("la golosa"), y conocida en la Belle Époque como "La Reina de Montmartre".

Se cree que nació en Alsacia en una familia judía. La familia se estableció en Clichy, cerca de París, donde su madre trabajaba en una lavandería.

Se cuenta que la niña danzaba con las ropas de la lavandería pretendiendo ser una estrella de la escena. A los 16 años, ya bailaba en cabarés con ropas que tomaba "prestadas" en la lavandería.

Se hizo famosa rápidamente por su desparpajo, extroversión y arriesgada costumbre de vaciar de un trago las copas de los clientes, y por eso la llamaron "La golosa".

El pintor Pierre-Auguste Renoir la introdujo al ambiente de Montmartre y al grupo de la Louee (modelos de artistas), donde el fotógrafo Achille Delmaet la retrató desnuda.

Protegida del comerciante de vinos y bailarín aficionado Jacques Renaudin (Valentin sin huesos, 1843–1907), bailaban en el Moulin Rouge el "chalut", la primera versión del can-can, convirtiéndose en una estrella. Joseph Oller la incorporó a la gran cuadrilla del cabaret y allí ella bailaba sobre las mesas del lugar. En 1895, rica y famosa, decidió alejarse del Moulin Rouge y montar su propio espectáculo. El cabaret la reemplazó con Jane Avril.

La empresa fue un tremendo fracaso y ella desapareció de la vida pública sumiéndose en la depresión y alcoholismo. En 1925 la hallaron canosa y desdentada cerca de París, viviendo en la miseria. Regresó a Montmartre en 1928 como vendedora de cigarrillos y cacahuetes en una esquina cercana del Moulin Rouge.

Murió en 1929. En su lecho de muerte preguntó al sacerdote: Padre, ¿Dios me perdonará? Soy "La glotona".

Otras artistas famosas que fueron amantes de reyes y príncipes fueron Liane de Pougy y Lola Montez.

Liane de Pougy

Liane de Pougy

 Liane de Pougy se casó a los dieciséis años con un joven militar amigo de la familia. Cansada de los malos tratos de su marido y tras ser descubierta en  infidelidad, huye a París, abandonando marido e hijo, para convertirse en la estrella de la Belle Époque junto con La Bella Otero y Emilienne d’Alençon.

Entre sus amantes estuvieron el rey de Portugal, Leopoldo II de Bélgica, considerado el hombre más rico de su época, y príncipes de casi todas las casas reales europeas. Casada finalmente con un príncipe rumano, Georges Ghika. a la muerte de éste en 1943, Liane se hizo monja de la orden Terciaria Dominica. Murió en Suiza en 1.950.

Lola Montez

 

Lola Montez
Y finalmente, Lola Montez. Irlandesa, con apenas 16 años contrajo matrimonio con un militar amigo de la familia, Thomas James. La unión apenas sobreviviría cinco años aparentemente por las infidelidades de la muchacha, quizás descontenta con la vida que llevaba.

Divorciada y acosada por el escándalo, el primero de una larga lista, Eliza decidió viajar a España donde aprendió algo de la cultura del país, el idioma y entró en contacto con el flamenco. Unos meses más tarde regresó a Inglaterra con una nueva identidad: añadió María Dolores a su nombre y comenzó su carrera artística bajo el sobrenombre de Lola Montez, bailarina española.. En 1846 bailó por primera vez en Munich, haciéndose llamar Elizabeth Rosanna Gilbert, o simplemente Lola Montez.

Aunque no sabía hablar alemán, dos días después accedía a los aposentos privados del rey Ludwig I de Baviera, que por esa época ya tenía como pasatiempo dilapidar los dineros públicos construyendo palacios de ensueño, y se había hecho la fama de ser un gran libertino, amante de mujeres y de hombres.

Fue el mismo rey quien influenció en el intendente del Teatro Real (que le había negado la posibilidad), para que Lola se presentase allí, y a partir de ese momento, se transformó en la amante oficial del rey, influenciando sobre su persona y sobre los asuntos políticos y económicos de Baviera. En 1,847 fue nombrada Condesa de Landsfeld, el día del cumpleaños del rey Ludwig, y ésta debió ser la gota que colmó el vaso, puesto que en 1.848 un grupo de influyentes hombres del reino lideró una revuelta que terminó con la abdicación del rey.

A Lola se le “sugirió” que debía abandonar el país. En Inglaterra conoce y se casa rápidamente con George Trafford Heald, un joven oficial del ejército de caballería que acababa de heredar. Pero los términos de su divorcio con Thomas James no le permitían casarse con nadie más hasta que el otro falleciera. Esta situación forzó a los recién casados a abandonar Inglaterra ante el escándalo de bigamia promovido por una tía soltera de Heald. Los señores Heald residieron en Francia y en España, pero en dos años la relación estaba terminada.

Viajó a los Estados Unidos, coincidiendo con la época de la fiebre del oro. Allí trabajó como bailarina entre 1851 y 1853. En julio de ese último año se casó con Patrick Hull y con él se mudó a Grass Valley, en California, un mes después.  Entre 1855 y 1856 realizó el último tour artístico de su vida por Australia, y regresó a los Estados Unidos. Abandonó California tras sufrir un colapso esquizofrénico y se trasladó a Nueva York, donde pasó sus dos últimos años de vida como indigente en las calles. Parece que contrajo neumonía, lo que le causó la muerte en 1861, cuando tenía 42 años. Ninguno de sus dos hijos reclamó su cuerpo, uno porque estaba muy ocupado y el otro porque estaba en la cárcel.

Se le atribuye haber tenido más de cuatro mil amantes, y no resulta inverosímil. También se le achaca haber contraído sífilis y haber contagiado no sólo al rey, sino también a personajes conocidos como Alejandro Dumas y el compositor Franz Liszt.


Cleo de Merode
Todavía podríamos seguir ampliando la lista. Por ejemplo, con Anita Delgado, casada con el marajá de Kapurthala;, con Fanny Elssler, amante de Napoleón II, hijo de Napoleón; con Cleo de Merode, amante de Leopoldo II de Bélgica o con otras dos amantes de Alfonso XIII que no he nombrado, Julia Fons y Pastora Imperio. Pero las entradas tan largas desaniman a los lectores y si alguien quiere seguir, aquí tiene estos últimos cinco nombres para hacerlo.


sábado, 28 de agosto de 2021

73. Oficios curiosos

 Las cortes de los reyes daban lugar a algunos oficios bastantes curiosos.

Algunos altos funcionarios egipcios de la dinastía XVIII fueron nombrados arrulladores. Este cargo, desempeñado tanto por hombres como por mujeres, consistía en arrullar a los niños para que se durmiesen, por lo general, los hijos del faraón. Se trataba de una función bien diferenciada de la de las nodrizas, que tenían la misión de amamantar a los pequeños.

En España, en la época de los Austrias, había una enorme cantidad de oficios relacionados con las cocinas. Uno de ellos era el portero de cocina, que tenía la responsabilidad de que sólo estuviera dentro de la cocina el personal autorizado, impidiendo la entrada de curiosos o maleantes. También tenía a su cargo a mozos y galopines.

En la corte de Luis XV de Francia se creó la figura del portacorbatas, un criado cuyo único cometido era abrochar y desabrochar la corbata al rey.

Yo puedo aportar, por mi propia experiencia un oficio curioso que encontré en un padrón del siglo XVIII: el caniculario de la catedral. El caniculario era el encargado de cuidar de que no entrara en la iglesia (en el caso al que aludo, la catedral de Cádiz) animales que estaban sueltos por la calle. También solía ir  a la cabecera de las procesiones apartando a los animales del trayecto de las procesiones.

La palabra caniculario proviene de canicula, (perrita) y arius, (el  que se encarga de los perros). De que también aparezcan en los documentos como  echaperros y perreros en las catedrales. He tenido noticia de un documento en el que se informa de que el caniculario de la catedral de Jaén  cobraba 50 ducados como caniculario y y ocho fanegas de trigo y 550 reales por otros conceptos y servicios.

El oficio de perrero llevaba consigo estar en la Catedral cada mañana medía hora antes de que se entrase en prima y echar fuera del templo a todos los perros que hubiesen en él, que solían ser muchos, y mantenerlos lejos mientras se desarrollaban  las distintas horas canónicas en el coro y las misas. Durante las misas silía estar sentado detrás, cerca de la puerta, paa impedir la entrada de algún animal. También estaba obligado a ir en las  procesiones delante  de la cruz,  ahuyentando a los perros, gatos, borricos en algunos lugares. También es conocido  con el nombre de “pertiguero” quien guiaba las procesiones y abría paso en otros cortejos relacionados con la vida interna de la catedral, golpeando sobre  el suelo con su vara de plata. El perrero-pertiguero  vestía un uniforme  especial que le proporcionaba la catedral cada cierto yiempo: calzas, sayo, ropa de grana y una  gorra de terciopelo. El cuadro que figura a la izquierda, de José María López Mezquita se titula "El pertiguero de la catedral de Ávila" y nos puede servir como aproximación  a esta figura de caniculario o pertiguero, pues con frecuencia la misma persona desempeñaba ambas funciones.

sábado, 21 de agosto de 2021

72. Un día sangriento

Hasta el día en que se lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, el día en el que habían muerto más hombres en una guerra era el 1 de julio de 1916, que fue el primer día de la batalla de Somme.

Lo más triste de esta tragedia es que fue planeada como parte de un proceso de paz. Desde finales de 1915, los alemanes estaban lanzando mensajes de que querían suspender las hostilidades y sentarse a negociar. La guerra se había desmandado, las pérdidas eran cien veces superiores a lo que se había previsto, y estaba claro que ninguna de las dos partes tenía fuerza para lograr una victoria rápida. Pero ambos adversarios querían sentarse a negociar en una posición de fuerza. Los alemanes decidieron obtenerla en Verdún: 770.000 bajas entre alemanes y franceses en la batalla más larga de la Gran Guerra (diez meses).

Los alemanes atacaron por sorpresa Verdún el 21 de febrero de 1916. Esto obligó a los franceses a centrar sus esfuerzos en la defensa de la ciudad, disminuyendo el número de tropas que podían aportar al nuevo frente del Somme y cediendo, por tanto, el papel protagonista en éste a los británicos. Conforme se estancaba el cada vez más sangriento frente de Verdún, el propósito del Somme evolucionó hasta convertirse más en una maniobra que distrajera a los alemanes y aliviara su presión sobre Verdún que en realizar un golpe maestro capaz de desbaratar por completo la estrategia alemana.

La artillería había realizado un bombardeo de barrido durante seis días, y el mando británico pensaba que las defensas alemanas estarían desintegradas. Les dijeron por tanto a los soldados que no avanzaran corriendo, sino andando pausadamente, manteniendo las líneas de formación.

A las 7.30 de la mañana sonaron los silbatos y 150.000 hombres empezaron a salir de sus trincheras a lo largo de un frente de 28 kilómetros. Los oficiales iban fumando sus pipas y algunos soldados llevaban balones de fútbol; iban a celebrar la conquista jugando un campeonato entre regimientos en territorio enemigo.

Pero hubo un error de cálculo. Las defensas alemanas estaban demasiado bien hechas y no les había afectado el bombardeo. De modo que empezaron a disparar las ametralladoras. Los alemanes dicen que era como el tiro al blanco en una barraca de feria. Los atacantes alineados, moviéndose despacio, caían en perfecto orden, como si la tópica figura de la Muerte los segara con su guadaña.

Fusileros irlandeses en el primer día de la batalla

Sacar de las trincheras y lanzar al ataque a 150.000 hombres lleva mucho tiempo, pero nadie reaccionó en el Estado Mayor británico, nadie tomó nota de que las cosas no estaban saliendo según el plan. Seguían lanzado líneas y líneas de hombres al ataque, mejor dicho, a la muerte segura. De una brigada surafricana sobrevivieron 140 hombres de 3.100, por citar un ejemplo.

Al cabo de unas horas la situación afectó a la moral de los alemanes. Los soldados se sentían asesinos de masas, y los oficiales tuvieron que ponerse pistola en mano tras los que manejaban las ametralladoras, amenazando con pegarle un tiro en la nuca a quien dejase de apretar el gatillo. Muchos alemanes lloraban mientras disparaban. La masacre duró hasta la puesta del sol. Luego vino una noche inolvidable para ambos bandos, oyendo los ayes y lamentos de miles y miles de heridos que habían quedado abandonados en tierra de nadie.

La primera estimación aliada sobre el número de bajas en el Somme se realizó durante la Conferencia de Chantilly del 15 de noviembre, donde se estableció que habían resultado muertos, heridos o hechos prisioneros un total de 485 000 británicos y franceses frente a 630 000 alemanes; este dato se usaría más adelante para reclamar la batalla del Somme como una victoria para el bando aliado. Sin embargo, ya en su momento comenzó a desarrollarse cierto escepticismo acerca de estas cifras y el sistema utilizado para calcularlas. Un nuevo recuento, realizado tras el fin de la guerra, estableció las bajas aliadas en 419.654 británicos y 204 253 franceses; un total de 623 907 hombres, 146 431 de los cuales constaban como muertos o desaparecidos.

Las cifras son espeluznantes: en menos de 24 horas murieron 19.240 soldados británicos, 35.493 resultaron heridos, 2.152 desaparecieron y 585 fueron hechos prisioneros. Desde que empezó la guerra en 1914, los periódicos ingleses publicaban a diario la lista de bajas británicas, pero aquel día tenían un problema técnico. Ni si quiera dedicando todas sus páginas a ello cabían los nombres de los 20.000 muertos y 35.000 heridos de aquel 1 de julio de 1916.

Las bajas alemanas del primer día no se pueden precisar con exactitud, porque los alemanes hacían recuento sólo cada diez días. La cifra debió estar alrededor de 8.000 bajas, 2.200 de los cuales serían prisioneros.

Cementerio británico de Marincourt

Las cifras totales de la batalla son: 623.907 bajas por parte de la Entente, de las cuales 146.431 corresponden a muertos y desaparecidos; por parte alemana entre 465.000 y 600.000 bajas, correspondiendo 164.055 a muertos y desaparecidos. Una idea del horror del Somme nos la da la lista inglesa de desaparecidos, 72.094 nombres. Pero no se trata de soldados que no se sabe si murieron o no, todos éstos es seguro que murieron. Simplemente nunca se pudo encontrar sus cadáveres, despedazados por las bombas o enterrados entre el barro.

Y todo ello con el único resultado de la conquista de una franja de terreno de 32 kilómetros de frente por 10 de profundidad. Desde luego no cumplía el objetivo de lograr una posición de fuerza para empezar la negociación. Como los alemanes también fracasaron en el mismo propósito en Verdún, no hubo negociaciones de paz en 1916. Todavía duraría dos años más la Gran Guerra.

Hasta 1916, Inglaterra había mantenido la guerra a base de voluntarios, gente de todas las clases sociales llena de patriotismo, que tenía fe en el buen hacer de su gobierno y sus jefes militares, pero a partir de entonces los soldados desconfiaron de sus oficiales y sólo pensaban en cómo sobrevivir. Fue preciso recurrir al reclutamiento obligatorio.

Los números propuestos para las bajas alemanas son aún más dispares. El historiador británico James Edmonds defendió que las pérdidas alemanas fueron de 680 000 hombres, mientras que de acuerdo a un informe del British War Office éstas sólo serían 180 000. Hoy en día ambas estimaciones están desacreditadas y tienden a aceptarse cifras de entre 465 000 y 600 000 caídos alemanes. En su biografía del general Rawlinson, Frederick Maurice se basó en documentos del Reichsarchiv para cifrar en 164 055 el número de alemanes que resultaron muertos o desaparecidos.

miércoles, 18 de agosto de 2021

71. El Príncipe Negro, el príncipe que se casó por amor, y lo pagó caro


 Este sepulcro de la Catedral de Canterbury pertenece a Eduardo de Woodstock, llamado el Príncipe Negro, fue el hijo primogénito del rey Eduardo III de Inglaterra y padre del rey Ricardo II. Lo que me gusta de su historia es que, siendo heredero al trono, hizo un matrimonio por amor, aunque eso le costó pasar diez años fuera de Inglaterra, hasta que su padre le permitió volver. ¿Qué fue lo que le obligó a ese exilio? 

Pues que la elegida de Eduardo, Juana de Kent tenía "un pasado". Juana fue víctima del sometimiento debido por las mujeres a su familia en cuestión a matrimonios. Juana, nieta de rey, cometió el error de casarse a los doce años con Thomas Holland, sin haber pedido el consentimiento real obligado para personas de su linaje. Thomas se marchó a luchar a Francia,  y la familia de Juana, que la crreía soltera, la obligó a casarse con Guillermo de Montaigu. Juana no manifestó estar casada por creeer que su matrimonio con Thomas no era válido por carecer del consentimiento real y no ser del conocimiento público. Además, Juana temía que si su familia supiera que se había casado con Thomas lo "quitaran de en medio" para casar de nuevo a la niña-viuda con quien quisieran. Así que calló, por una mezcla de inocencia, temor e ignorancia. Pero Thomas volvió de las Cruzadas, y con una gran fortuna, además. Quiso recuperar a su joven esposa y se la encontró casada con otro. Protestó, y a él no le importó revelar que estaban casados, dejando a Juana en muy mal lugar, pues se la convertía en bígama. Holland incluso recurrió al papa que anuló el matrimonio de Juana y Guillermo, Juana volvió con Thomas  Holland, con el que estuvo viviendo los once años siguientes, hasta que él murió. Tuvieron 5 hijos con lo que el escándalo resultó bastante aireado y ella se convirtió en una especie de proscrita social. El rey Eduardo III estaba casado con una prima de Juana, la tomó bajo su protección y la amparó en la corte. Y pasó lo que tenía que pasar. El roce continuo entre Juana y el primogénito del rey desembocó en enamoramiento. Se sabe que el príncipe tenía detalles como regalarle una copa de plata que consiguió como botín en una de sus primeras campañas militares. En 1360 se casaron en Windsor en matrimonio secreto. Fue un auténtico matrimonio por amor, sin el consentimiento del rey Mientras tanto, la situación de la pareja se seguía complicando: El Derecho inglés era tal que el segundo marido de Juana (Guillermo), que aún vivía, podía haber reclamado cualquier hijo de sus matrimonios posteriores como propios. Además Eduardo y Juana estaban dentro de grados de consanguinidad prohibidos. El matrimonio secreto que supuestamente contrajeron en 1360 habría sido inválido debido a esta prohibición. A petición del rey el papa concedió la dispensa. Hubo una nueva ceremonia oficial, que tuvo lugar el 10 de octubre de 1361, en el castillo de Windsor con el rey y la reina presentes, con el arzobispo de Canterbury presidiendo.

El caso es que la pareja Eduardo-Juana fue obligada por el rey a marcharse a Francia. Allí permanecieron diez años, hasta que el rey los autorizó a volver, ya con dos hijos.

Como curiosidad apunto que tres reinas inglesas fueron descendientes de  Juana y Thomas Holland, entre ellas una de las seis mujeres de Enrique VIII, Catalina Parr, la sexta y última.

lunes, 16 de agosto de 2021

70. Todo empezó con una rifa

 


Un día de junio de 1909, doscientas personas, hombres y mujeres con sus mejores vestidos, se reunieron sobre una duna a las afueras de Jaffa, por entonces perteneciente al imperio otomano. Pertenecían a sesenta familias judías de la ciudad, que habían comprado colectivamente aquellos terrenos, y se disponían a participar en una rifa. Un niño y una niña hicieron los honores. Uno destapaba una concha blanca, donde aparecía un apellido, y el otro una concha gris, donde estaba el número que se había asignado a una parcela. Así nació Tel Aviv.

Tel Aviv, que significa colina de la primavera, fue la primera ciudad judía fundada en miles de años. Su gran desarrollo llegó en la década de los 30, con el ascenso del nazismo en Alemania y el éxodo judío hacia Palestina.

La declaración de independencia de Israel se proclamó en 1948 en Tel Aviv, que fue la capital temporal únicamente hasta finales de 1949. Sin embargo, allí están la mayoría de las embajadas internacionales, incluída la española.